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Carta de los obispos hispanos/latinos a los inmigrantes

December 12, 2011


Muy estimados hermanas y hermanos inmigrantes,

¡Que la paz y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo estén con todos ustedes! 

Nosotros los obispos hispanos/latinos de Estados Unidos abajo firmantes les hacemos saber a quienes se encuentran en nuestro país sin papeles que no están solos ni olvidados.  Reconocemos que todo ser humano,  documentado o no, es imagen de Dios y por lo tanto tiene un valor y dignidad infinitos. Les abrimos nuestros brazos y nuestro corazón y los recibimos como miembros de nuestra familia católica. Como pastores, les dirigimos estas palabras desde lo más profundo de nuestro corazón.

De una manera muy especial queremos agradecerles los valores cristianos que nos demuestran con su vida – el sacrificio por el bien de sus familias, la determinación y perseverancia, el gozo de vivir, su profunda fe y su fidelidad a pesar de la inseguridad y tantas dificultades. Ustedes contribuyen mucho al bienestar de nuestra nación en el ámbito económico, cultural y espiritual. 

La crisis económica ha impactado a toda la comunidad estadounidense. Lamentablemente, algunos aprovechan este ambiente de incertidumbre para despreciar al migrante y aun culparlo por esta crisis. Sembrar el odio no nos lleva a remediar la crisis. Encontraremos el remedio en la solidaridad entre todos los trabajadores y colaboradores—inmigrantes y ciudadanos—que conviven en los Estados Unidos.

En sus rostros sufrientes vemos el rostro verdadero de Jesucristo. Sabemos muy bien el gran sacrificio que hacen por el bien de sus familias.  Muchos de ustedes  hacen los trabajos más difíciles, con sueldos miserables y sin seguro de salud o prestaciones salariales o sociales.  A pesar de sus contribuciones al bienestar de nuestro país, en lugar de ofrecerles gratitud, se les trata como criminales porque han violado la ley de inmigración actual. 

Estamos también muy conscientes del dolor de las familias que han sufrido la deportación de alguno de sus miembros; de la frustración de los jóvenes que han crecido en este país y cuyos sueños son truncados por su estatus migratorio; de la ansiedad de aquellos que están en espera de la aprobación de su petición de residencia permanente; y de la angustia de quienes viven cada día bajo la amenaza de ser deportados. Todas estas situaciones claman a Dios por una solución digna y humana.  

Reconocemos que en ocasión las acciones tomadas con respecto a los inmigrantes les ha llevado a sentirse ignorados y abandonados, incluyendo cuando no se han escuchado voces que se levanten ante las falsedades que se promueven dentro de nuestra sociedad. Por medio de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) hemos abogado ante el Congreso estadounidense por un cambio a la ley de inmigración que respete la unidad de la familia, e incluya pasos ordenados y razonables para que personas sin documentos puedan obtener la ciudadanía. La nueva ley deberá incluir un programa de visas para trabajadores que respete los derechos humanos de los inmigrantes, les provea las necesidades básicas para vivir y facilite su ingreso a nuestro país para trabajar en un ambiente seguro y ordenado. Así mismo, continuamos abogando por la justicia económica global que facilite el empleo de nuestros hermanos y hermanas en su tierra de origen y les provea lo suficiente para vivir con dignidad.

El pueblo inmigrante es una fuerza revitalizadora para el país. La falta de una reforma migratoria justa, humana y eficaz debilita el bien común de toda la unión americana. 

Nos duele y nos apena que muchos de nuestros hermanos y hermanas católicos no hayan apoyado nuestras peticiones por un cambio a la ley de inmigración que proteja sus derechos, mientras ustedes contribuyen con su trabajo a nuestro país.  Les prometemos que seguiremos trabajando para obtener este cambio.

Conocemos lo difícil que es el camino para llegar y para entrar a Estados Unidos. Por eso estamos comprometidos a hacer lo que podamos para lograr un cambio de ley que les permita entrar y vivir en este país legalmente, y no se vean ustedes obligados a emprender un camino peligroso para proveer a sus familias. Como pastores que se preocupan por el bienestar de todos ustedes, les debemos decir que consideren seriamente si es aconsejable emprender su camino hacia acá antes de que se logre un cambio justo y humano en las leyes de inmigración.
Sin embargo, no vamos a esperar hasta que cambie la ley para darles la bienvenida en nuestras iglesias a los que ya están aquí, ya que San Pablo nos dice, “Ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los que forman el pueblo de Dios; son familia de Dios” (Ef. 2:19). 

Como miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, les ofrecemos alimento espiritual.  Siéntanse bienvenidos a la Santa Misa, la Eucaristía que nos alimenta con  la palabra y con el cuerpo y la sangre de Jesús. Les ofrecemos programas de catequesis para sus hijos, y los programas de formación que nuestros esfuerzos diocesanos nos permiten poner a su alcance.  

Los ciudadanos y residentes permanentes de este país no podemos olvidar que casi todos, nosotros o nuestros antepasados, hemos venido de otras tierras, y juntos con inmigrantes de varias naciones y culturas hemos formado una nueva nación.  Ahora debemos abrirles el corazón y los brazos a los recién llegados, como nos lo pide Jesús cuando nos dice,  “Tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber; pasé como forastero y ustedes me recibieron en su casa” (Mt 25:35). Estas palabras del Señor Jesús se pueden aplicar a los inmigrantes entre nosotros. Tuvieron hambre en su tierra de origen, tuvieron sed al pasar por el desierto, y se encuentran entre nosotros como forasteros (ver Daniel G. Groody, CSC, “Crossing the Line,” The Way, Vol. 43, No.2, abril 2004, p.58-69).  Su presencia nos invita a ser más valientes en la denuncia de las injusticias que sufren.  A imitación de Jesús y de los grandes 
profetas, debemos denunciar las fuerzas que los oprimen, y anunciar la buena nueva del Reino con nuestras obras de caridad.  Oremos y luchemos para que estos hermanos y hermanas nuestras tengan las mismas oportunidades de las cuales nosotros nos hemos beneficiado.

Vemos en ustedes migrantes a Jesús peregrino.  La Palabra de Dios migró del cielo a la tierra para hacerse hombre y salvar a la humanidad. Jesús emigró con María y José a Egipto, como refugiado. Migró de Galilea a Jerusalén para el sacrificio de la Cruz, y finalmente emigró de la muerte a la resurrección y ascendió al cielo.  Hoy día, sigue caminando y acompañando a todos los migrantes que peregrinan por el mundo en búsqueda de alimento, trabajo, dignidad, seguridad y oportunidades para el bien de sus familias. 

Ustedes nos revelan la realidad suprema de la vida: todos somos migrantes.  Su migración es un fuerte y claro mensaje de que todos somos migrantes hacia la vida eterna.  Jesús nos acompaña a todos los cristianos en nuestro peregrinar hacia la casa del Padre, el reino de Dios en el cielo (Ver Tertio Millennio Adveniente No. 50). 

Les rogamos que no se desesperen.  Mantengan su fe en Jesús migrante que sigue caminando con ustedes, y en la Santísima Virgen de Guadalupe que constantemente nos repite las palabras dichas a san Juan Diego, “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”  Ella nunca nos abandona, ni nos abandona san José quien nos protege como lo hizo con la Sagrada Familia durante su emigración a Egipto.

Como pastores queremos seguir abogando por todos los inmigrantes. Con san Pablo les repetimos: “No se dejen vencer por el mal; antes bien, venzan el mal con la fuerza del bien” (Rom. 12:21).

Que Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo los acompañe y los bendiga siempre. 

Sinceramente en Cristo Salvador,

Los Obispos Hispanos/Latinos de Estados Unidos

Most Rev. José H. Gómez, Archbishop of Los Angeles
Most Rev. Gustavo García-Siller, MSpS, Archbishop of San Antonio
Most Rev. Gerald R. Barnes, Bishop of San Bernardino
Most Rev. Alvaro Corrada del Rio, SJ, Apostolic Administrator of Tyler, Bishop of Mayaguez, PR
Most Rev. Felipe de Jesús Estevez, Bishop of St. Augustine
Most Rev. Richard J. García, Bishop of Monterey
Most Rev. Armando X. Ochoa, Apostolic Administrator of El Paso
Bishop-designate of Fresno
Most Rev. Plácido Rodríguez, CMF, Bishop of Lubbock
Most Rev. James A. Tamayo, Bishop of Laredo
Most Rev. Raymundo J. Peña, Bishop Emeritus of Brownsville
Most Rev. Arthur Tafoya, Bishop Emeritus of Pueblo
Most Rev. Daniel E. Flores, Bishop of Brownsville
Most Rev. Fernando Isern, D.D., Bishop of Pueblo
Most Rev. Ricardo Ramírez, Bishop of Las Cruces
Most Rev. Jaime Soto, Bishop of Sacramento
Most Rev. Joe S. Vásquez, Bishop of Austin
Most Rev. Carlos A. Sevilla, SJ, Bishop Emeritus of Yakima
Most Rev. Oscar Cantú, S.T.D., Auxiliary Bishop of San Antonio
Most Rev. Arturo Cepeda, Auxiliary Bishop of Detroit
Most Rev. Manuel A. Cruz, Auxiliary Bishop of Newark
Most Rev. Rutilio del Riego, Auxiliary Bishop of San Bernardino
Most Rev. Eusebio Elizondo, M.Sp.S, Auxiliary Bishop of Seattle
Most Rev. Francisco González , S.F., Auxiliary Bishop of Washington, DC
Most Rev. Eduardo A. Nevares, Auxiliary Bishop of Phoenix
Most Rev. Alexander Salazar, Auxiliary Bishop of Los Angeles
Most Rev. David Arias, OAR, Auxiliary Bishop Emeritus of Newark
Most Rev. Octavio Cisneros, DD, Auxiliary Bishop of Brooklyn
Most. Rev. Edgar M. da Cunha, SDV, Auxiliary Bishop of Newark
Most Rev. Cirilo B. Flores, Auxiliary Bishop of Orange,
Most Rev. Josu Iriondo, Auxiliary Bishop of New York,
Most Rev. Alberto Rojas, Auxiliary Bishop of Chicago
Most Rev. Luis Rafael Zarama, Auxiliary Bishop of Atlanta
Most Rev. Gabino Zavala, Auxiliary Bishop of Los Angeles

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Diciembre 12, 2011